miércoles, 4 de agosto de 2010

"El Conocimiento de Dios" (Nuestro más grande tesoro)

A.W Tozer Uno de los más grandes maestros de la Biblia, (para los que no lo conocen esta es una pequeña información de él.)

AW Tozer
(1897-1963)

21 de abril de 1897, en la región montañosa del oeste de Pennsylvania, Aiden Wilson Tozer influyó en su generación, como ningún otro individuo. Durante su vida, Tozer, como él prefiere, se ganó la reputación de un profeta del siglo XX. Sus dones espirituales que le proporcionaron un grado de conocimiento sobre la verdad bíblica y la naturaleza y estado de la iglesia evangélica en su día. Capaz de expresar sus percepciones en una bella y contundente manera sencilla, Tozer era a menudo la voz de Dios cuando las palabras de los demás no eran sino ecos. Vio a través de la niebla del cristianismo moderno, señalando las rocas sobre las que se podia ver frenada si seguía su curso. Justo antes de su cumpleaños número 17, Tozer escuchó un predicador de la calle en una esquina en Akron, Ohio, mientras caminaba a casa desde su trabajo en una fábrica de caucho. No podía sacudirse el mensaje simple. "Si usted no sabe cómo ser salvo ", dijo el predicador," sólo clame a Dios, diciendo: Señor, ten piedad de mí, pecador. "Luchando con Dios durante algún tiempo en casa, Tozer salió de su santuario el ático como una nueva criatura en Cristo. Bajo la tutela de su futura suegra, Tozer progresó rápidamente en las cosas de Dios. Ella le animó a leer buenos libros, estudiar la Biblia y orar. También le instó a predicar, a menudo trayendo personas en su casa para oírle. En 1919, sin educación formal, llamaron a Tozer para pastorear una iglesia pequeña en Fort Nutter, West Virginia. En estos humildes comienzos Tozer y su nueva esposa, Ada Cecilia Pfaust, pusieron en marcha un ministerio que abarco unos cuarenta y cuatro años en La Alianza Cristiana y Misionera. Otras iglesias en Indiana y Ohio le seguirían.

En su libro “El Conocimiento del Dios Santo” escribió:

Si tenemos deseo de conocer a Dios, tengamos en cuenta que Dios también lo tiene, y su deseo es hacia los hijos de los hombres que hacen de una vez para siempre, la decisión de exaltarle por sobre todas las cosas. Hombres como esos son preciosos a Dios, más que todos los tesoros de la tierra y el mar. Dios encuentra en ellos un escenario donde mostrar su preeminente bondad en Cristo Jesús para todos los hombres. Con ellos puede andar Dios sin ocultación alguna; delante de ellos puede actuar como realmente es.

Al expresarme así lo hago con cierto temor. Quizá pueda convencer la mente de alguno sin conquistar Dios su corazón. Porque esto de poner a Dios por sobre todo no es cosa fácil de hacer. La mente puede aprobarlo, mientras la voluntad se niega a hacerlo. Mientras la imaginación corre a encontrar a Dios, la voluntad puede rezagarse, y el hombre no darse cuenta de cuan dividido está su corazón. El hombre completo debe hacer la decisión, antes que el corazón pueda sentir una real satisfacción. Dios nos desea a nosotros enteros, y no descansará
hasta conseguirnos enteros.

Oremos sobre esto en detalle, arrojándonos a los pies de Dios, dispuestos a entregarnos a El por completo. Nadie que ore así sinceramente, tendrá que esperar mucho tiempo antes de sentir que Dios lo ha aceptado. Dios desea descorrer el velo de su gloria delante de los ojos de sus siervos, y pondrá todos sus tesoros a disposición de cada uno, porque El sabe que su honor está seguro en las manos del hombre enteramente consagrado.

¡Oh, Dios, exáltate sobre todas mis posesiones! Ninguno de los tesoros de la tierra será agradable para mí, si Tú te glorificas en mi vida. Te ensalzaré a tí más que á mis amistades. He determinado que Tú estés sobre todo, aunque eso me cueste quedar desterrado y solo en medio de la tierra. Exáltate sobre todas mis comodidades. Aunque eso significa la pérdida de mi comodidad y el tener que llevar la cruz, yo guardaré mi voto hecho en este día. Exáltate sobre mi reputación. Hazme ambicioso solo de agradarte a Ti, aunque eso signifique que me hunda en la oscuridad y mi nombre sea olvidado como un sueño. Levántate, Señor, a tu lugar de honor sobre todas mis ambiciones, mis gustos y mis disgustos, sobre mi familia, sobre mi salud, y aun sobre mi vida misma.

Permíteme menguar, para que Tú puedas crecer, déjame hundir para que tú puedas surgir. Cabalga sobre mí, como lo hiciste al entrar a Jerusalén, montado en un pollino, hijo de asna, y Permíteme escuchar las voces de las muchedumbres, "¡Hosanna en las alturas!
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